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No obstant, et convidem a visitar i estimar Montesa i a navegar per les mil i una meravelles de Diània.

Montesa, el pueblo que dio nombre a una orden militar y que un terremoto derribó

Montesa es un pequeño municipio de la Costera con un peso histórico fuera de medida: fue la sede de una orden militar y religiosa propia, la Orden de Montesa, y su castillo —hoy en ruinas— fue el epicentro de uno de los terremotos más destructivos de la historia valenciana.

La Orden de Montesa, heredera del Temple

Cuando la orden del Temple desapareció en 1312, el rey Jaime II impulsó la creación de una nueva orden militar y religiosa valenciana para ocupar su vacío, y ofreció la Villa Real de Montesa como sede. En 1319, ya constituida la Orden de Montesa, el rey le entregó las tierras para edificar allí su centro religioso y militar: el castillo-convento que, desde entonces, dominaría el pueblo desde la cima.

El pueblo en sí lo fundaron en 1285 ciento cincuenta familias aragonesas, en un término que hasta entonces había sido alquería de Vallada —que no se separó de la jurisdicción de Montesa y no consiguió villa propia hasta 1564, ya de la mano del gran maestre Pere Lluís Garcerán de Borja. Cavanilles dejó escrito el detalle exacto de la operación: aquellas familias compraron al rey Alfonso III de Aragón, por 182 sueldos, «les cases, muntanyes, valls, aigües i vegetals del terme». En el archivo de la villa aún se conservan, según él, la carta de poblamiento, el reparto de tierras y casas y la carta de pago de aquellos 182 sueldos, ante un notario de Xàtiva.

El terremoto de 1748: la noche que cuenta Cavanilles

El 23 de marzo y el 2 de abril de 1748, dos terremotos sucesivos con epicentro en el castillo de Montesa lo destruyeron casi por completo: en plena misa de mañana, la tierra tembló con tanta violencia que el castillo-convento se derrumbó de golpe, dejando al menos una veintena de personas sepultadas entre los escombros, entre ellas cuatro sacerdotes y siete novicios. El naturalista Antonio Josep Cavanilles, que visitó las ruinas unos años después y dejó la crónica más detallada que se conserva, recoge el relato de uno de los supervivientes, el padre Josep Ramírez:

Tan bon punt va notar les sacsades de l’edifici, es posà al buit d’una finestra, d’on va eixir després de la tempesta. Oblidant llavors la seua pròpia salvació, se n’anà pels quartos i socorregué diversos dels seus germans; volgué avisar els de Montesa perqué pujaren a assistir-lo, i trobant destruït el pont llevadís, es despenjà per una corda; els contà la desgràcia i els ensenyà el camí, tornant a pujar per la mateixa corda.

Cavanilles describe también lo que había antes del seísmo: una plaza de armas donde podían formar dos mil hombres, los cuarteles militares alrededor, el palacio del Maestre, y al fondo el convento y la iglesia de la Orden, encarada a mediodía y alzada sobre los cortes de la peña. Al castillo solo se entraba por un puente levadizo sobre un foso de dieciocho varas. Fue precisamente la iglesia, la última obra hacia el sur, la que más sufrió: sus ruinas sepultaron a los cuatro sacerdotes que celebraban y a los siete novicios que servían. Otro, que se preparaba para decir misa bajo un arco, vio morir a los compañeros mientras la tierra y las piedras lo cubrían poco a poco; lo sacaron el mismo día, muy malherido, y vivió hasta el 2 de abril: se llamaba Rafael Pisà.

El seísmo, con réplicas los días 28 de marzo y 2 y 8 de abril, arrasó prácticamente la ciudad de Xàtiva y causó daños muy graves en la mayoría de pueblos de la Costera; las conmociones se alargaron 18 meses. La gente tuvo que abandonar los pueblos y refugiarse en el campo, sin techo y casi sin comer, bajo las lluvias que vinieron después. Los frailes supervivientes se trasladaron a Valencia, donde fundarían el monasterio del Temple. Del castillo-convento, en ruinas desde entonces, todavía se pueden ver la sala capitular, la iglesia, el claustro y otras dependencias.

La mina que descubrió el terremoto

Hay un detalle del desastre que parece sacado de una novela, y que también cuenta Cavanilles: el derrumbe dejó a la vista una mina que nadie de aquella época conocía. Estaba escondida en el centro de la fábrica del castillo y consistía en una escalera magnífica de cuatro varas de ancho; la puerta de abajo, abierta sobre un precipicio, tenía cuatro palmos de luz, y la de arriba, mucho más estrecha, iba a parar a la sala anterior al refectorio. Cuando Cavanilles fue, aquel agujero de abajo ya era la única manera de entrar a revolver las ruinas, y se subía a duras penas por encima de piedras y escombros amontonados en cuesta. Él mismo lo hizo:

Per allí vaig entrar i vaig travessar la mina que amenaça ruïna; vaig eixir després de grimpar per pedrots a allò que antigament fou plana i edificis, i solament vaig vore part de la paret septentrional de l’església, molts murs, dos aljubs, una porció dels claustres del convent i altres peces, tot en un estat tan deplorable que només oferix la imatge del desorde i la destrucció.

Entre aquellas piedras, añade, ya crecían plantas conocidas: la hierba carmín y el polígono. Veinte años después de la desgracia, el castillo de la Orden era un jardín de malas hierbas.

El pueblo que Cavanilles encontró abajo

Cuando bajó de las ruinas, el botánico se encontró un pueblo de edificios decentes y calles amplias y bien empedradas que «recuerdan lo que perdió en este siglo»: de las familias que se habían multiplicado durante cuatro siglos solo quedaban doscientos vecinos, insuficientes para labrar un término que quedaba medio yermo. Montesa había sufrido dos golpes seguidos. Primero la Guerra de Sucesión: la villa sostuvo el partido de Felipe V y por eso la quemaron y asolaron los contrarios, de modo que los labradores principales tuvieron que huir, perdieron sus bienes y muchos no volvieron jamás. Después, cuando apenas empezaba a enderezarse, vino el terremoto.

El retrato del término es el de una tierra seca y montañosa, buena para el algarrobo —del que había bosquecillos considerables— y poblada en los yermos de pinos, sabinas, enebros, lentiscos, madroños, estepas, tomillos y «muchísimo romero». Pero el agua era otra cosa: Cavanilles anota que los vecinos apenas tenían para subsistir y que la sacaban de una fuentecita pagando un ochavo por cada par de cántaros. Él mismo les recomienda que hagan aljibes, como los que había en el castillo, para recoger el agua de lluvia.

La Piedra Encantada

Al oeste del pueblo, en la falda de la montaña, Cavanilles describió —y todavía hoy se puede ver— una curiosidad geológica que la gente de allí llamaba la Pedra Encantada (la Piedra Encantada): una peña cónica de treinta palmos de altura cuya cima, con un peso calculado de cincuenta quintales, reposa tan justo sobre la parte inferior que cede y vibra a cualquier impulso. El propio Cavanilles no la pudo mover con un dedo, como le habían asegurado, y necesitó empujarla con la mano entera; entonces sí que cedió, y «balanceó aquella enorme masa, temblando las matas y arbustos que sostiene». El fenómeno se debe a la forma de las dos superficies de contacto, que hacen que el centro de gravedad de la roca caiga justo sobre la arista en que se apoya.

La Mare de Déu del Castell y el paseo de cohetes

La patrona de Montesa es la Mare de Déu del Castell (la Virgen del Castillo), y su nombre explica toda la historia del pueblo en tres palabras. Según el Museo Parroquial, la imagen se veneraba en el altar mayor de la iglesia del castillo y ya había sido proclamada patrona de la villa antes del terremoto de 1748; tras la catástrofe pasó a la parroquia, y del año 1751 data la primera procesión documentada en su honor. Es decir: la Virgen bajó del castillo al pueblo con los supervivientes, y desde entonces no ha vuelto a subir.

Las fiestas patronales se celebran a finales de agosto y se alargan hasta el primer día de septiembre. El día grande es la procesión, con la imagen portada a hombros por los portadores —una tarea que en Montesa se tiene por un honor y que se transmite de generación en generación—, y el contrapunto llega enseguida con el paseo de cohetes, la tradición más singular del pueblo, cuando la pólvora toma las calles y cambia de golpe el ambiente solemne de la mañana. El programa se cierra con la procesión de la Maredeueta, la versión de los niños y niñas de la misma cita.

El Barranc de la Fosch: senderismo entre la Serra Grossa y el Cànyoles

El término de Montesa esconde uno de los rincones mejor conservados de la comarca: el Paraje Natural Municipal del Barranc de la Fosch, declarado en 2010, con cerca de 605 hectáreas en la Serra Grossa. Es un valle surcado de barrancos, con vegetación mediterránea —esparragueras, romero y plantas aromáticas, zarzas— y bordeado por el río Cànyoles. Crían rapaces como el búho real y el águila culebrera, y se encuentran murciélagos, lagartos, culebras, galápagos e incluso el gallipato, un tritón de gran tamaño. Entre los senderos repartidos por el paraje quedan casas antiguas abandonadas, y desde arriba se abre una de las mejores vistas que se pueden tener del castillo.

Para el caminante de largo recorrido, la tercera etapa del GR-239, el Camí de Sant Jaume de Llevant, enlaza Xàtiva con Moixent a lo largo de unos 28 km por el corredor del Cànyoles, entre la sierra de Énguera y la Serra Grossa, y pasa a los pies de Montesa y por Vallada: es el paso natural entre la meseta y las tierras valencianas, el mismo que explica por qué había un castillo aquí arriba.

Curiosidad: el brezo de la Basseta Roja

El botánico Joan Pellicer, en su catálogo del Territorio Diánico, sitúa en la Basseta Roja de Montesa, junto al port de l’Olleria, uno de los pocos rodales donde crece el brezo macho, que necesita suelos descarbonatados —los mismos que explican el alcornocal de Llutxent, el Pla dels Suros de Barx o la umbría del Benicadell—. El brezo no es una planta cualquiera: de su cepa, dura como el hierro, se hacían las pipas de fumar, y aún en Cocentaina se recordaba que de aquella raíz salían «picots i catximbes» (pipas y cachimbas).

Un pueblo para recorrer la ruta de la Orden

Montesa es hoy parada obligada de la Ruta de la Orden de Montesa, un itinerario temático por la Costera que combina este castillo con otras fortalezas y palacios de la comarca —entre ellos el de Estubeny, cuya iglesia también quedó arruinada por el mismo terremoto de 1748—. El proyecto “Diània, terra de castells”, impulsado para poner en valor los castillos de las comarcas centrales valencianas, incluye también este conjunto entre sus objetivos de protección patrimonial.

Más información, en la web del Ayuntamiento de Montesa.