Eventos en: Bellreguard

Actualment no hi ha esdeveniments en Bellreguard.

No obstant, et convidem a visitar i estimar Bellreguard i a navegar per les mil i una meravelles de Diània.

Bellreguard, pueblo y playa de la Safor

Bellreguard se divide entre dos núcleos bien diferenciados: el pueblo, en el interior, y la playa, a orillas del Mediterráneo, con Miramar en medio. Ochocientos metros de arena fina y aguas limpias conviven con un patrimonio que todavía se acaba de señalizar en las calles del núcleo urbano.

¿Qué visitar en Bellreguard?

La ermita de la Mare de Déu del Carme, con vistas panorámicas sobre el Mediterráneo, y la iglesia de Sant Miquel Arcàngel, reconstruida tras la Guerra Civil y aún en uso, son los dos referentes religiosos del pueblo. El ayuntamiento ha editado recientemente dos planos nuevos, del núcleo urbano y del de la playa, para poner en valor los edificios y espacios de interés histórico y patrimonial.

Senderismo en Bellreguard

El pueblo tiene una extensa red de caminos rurales que siguen el trazado de la antigua vía del tren Gandia-Oliva, ideales para caminar o ir en bicicleta a la sombra en primavera y verano. Dentro del núcleo urbano, la ruta del Mirador sigue el carril bici hasta el club de tenis y acaba en un mirador con vistas a la playa de Bellreguard.

Joan Pellicer, el hijo más ilustre

Si Bellreguard tiene un hijo ilustre, es Joan Pellicer i Bataller (Bellreguard, 1947 – 2007), médico de profesión y, sobre todo, el gran divulgador de la etnobotánica valenciana y de la propia idea de Diània, el territorio diánico de las comarcas centrales que da nombre a este digital. Autor de referencia con obras como el “Costumari botànic” o las “Meravelles de Diània” —que inspiran la serie homónima de Diània TV—, ganó el Premi Bernat Capó, el Premi Cavanilles y, a título póstumo, el Jaume I de periodismo. Que dedicara un libro entero, Bellreguard, verd esguard (Ajuntament de Bellreguard, 1994), a retratar su pueblo natal no es ninguna casualidad: era mirarse en casa.

Para abrir aquel libro, Pellicer eligió unos versos de Vicent Andrés Estellés que evocan el olor, el tacto y la memoria del mundo rural: el mismo mundo que él documentaría a lo largo de toda su obra.

Enllà on vaja us he de dur
olor de garbes d’herba seca,
andanes, carabasses al balcó,
tot un passat, amb mi,
polsim que queia al damunt
les pebreres, melons de tot
any, manolls de panolles
que penjaven de les vigues de casa.

— Vicent Andrés Estellés, Cant temporal

El verde esguard: la huerta, el marjal y la Vela

El título de ese libro, “verd esguard” (verde mirada), resume el alma del pueblo: un lugar de llano de huerta asentado en el centro de la cuenca de la Safor, sin montaña propia pero con el privilegio de poder contemplarlas todas. Así lo retrataba Pellicer:

Un poble amb el seu clar i ben drecçat campanar enlairat al bell mig de la maragdina fronda de la plana d’horta de tarongers, oberta a l’ample ventall de la mar.

Pellicer situaba Bellreguard en medio de sus vecinos savorencos: los pueblos del río Serpis como Potries, Beniarjó y Almoines; los de contacto con la montaña como Vilallonga o Xeresa; y los de mar y marjal como Daimús, Miramar y Piles. De las siete partidas del término, la de la Vela es la más rica ecológicamente: en ella resistían los mejores caminos y márgenes, donde aún brotan el esparceto, la coronilla, la margarita de prado y la zarzaparrilla, últimos vestigios del bosque de olmos y encinas que antaño rodeaba el barranco de Sotaia.

La verbena de Joan Basset

El capítulo sobre las plantas de la huerta de Bellreguard, verd esguard es una recopilación de la flora útil y poética del término. Entre las hierbas de margen y acequia, la verbena —berbena en la lengua de los antiguos— crecía en los pequeños platos húmedos de los bancales y era apreciada tanto como remedio como por su carga simbólica. Pellicer rescata unos versos del poeta medieval Joan Basset (siglos XIV-XV) que evocan la tradición de ofrecerla en señal de amor:

Ab fin voler vos am, senyora bella,
tan lialment com requer amor franca;
per ço us present de berbena una branca
e us do el bon jorn per ventura novella.

— Joan Basset, poeta medieval (s. XIV-XV), citado por Pellicer en Bellreguard, verd esguard

El acíbar, el campanario y la vida del pueblo

Entre las hierbas del término que Pellicer documentó en su verd esguard, una de las más singulares es el acíbar —el aloe vera, voz árabe que significa ‘lo amargo’—, usado en Bellreguard para quitar el chupete a las criaturas: bastaba con untarle la punta para que el amargor deshiciera en un momento el hábito que el dulzor había construido.

La iglesia de Sant Miquel que vemos hoy es una obra colectiva de posguerra de la que el pueblo puede sentirse orgulloso: el campanario, rehecho desde cero en la década de los cuarenta, tiene una planta octogonal de 45 metros de altura, levantada gracias al esfuerzo de todo el municipio. La misma energía comunitaria dio lugar, años más tarde, a la Casa de la Cultura: las ganancias de los famosos aplecs musicales de los años setenta y ochenta se destinaron íntegramente a su construcción. Hoy, la Casa de la Cultura es la sede del ayuntamiento, la biblioteca y el salón de actos, y acoge las más de cuarenta asociaciones que animan la vida del pueblo: desde la Associació Cultural de Dolçainers i Tabaleters hasta la Societat de Colombaires La Progressiva, que recuerda que la cría de palomas mensajeras fue, en su tiempo, un arte y una pasión de primer orden en la Safor.

Fiestas en Bellreguard

Las fiestas de Moros y Cristianos, en honor a Sant Miquel, se celebran la última semana de septiembre, con pregón, embajadas, visitas a las cábilas y el espectacular desfile de gala de las escuadras moras y cristianas. Uno de los actos más singulares es el Ball de la Forca, en honor al patrón, el único baile con palos de toda la Safor.

Bellreguard según Joan Pellicer

Bellreguard no siempre se ha llamado así. Hasta 1485 el pueblo aparecía en los documentos como “l’Alqueria de Çotaya d’En Jacme Roqua”, y aún hoy el barranco que atraviesa el término conserva ese nombre antiguo, el de Sotaia. Cuando la familia Borja, entonces duques de Gandia, compró las tierras a finales del siglo XV, el topónimo cambió por el de Bellreguard. Pellicer, en su libro, recoge una teoría según la cual el nombre vendría de “Belló”, la alquería medieval d’En Guillem Abelló documentada hasta 1511, transformada con un afán italianizante en el actual “bell esguard” o bella vista. El término se reparte todavía hoy en siete partidas —Sant Antoni, el Velló, el Fil del Poble, la Vela, Paloma, Corral d’Huguet y Rodafam—, la última de las cuales, entre el marjal y la playa, era hasta hace pocas décadas un espacio de cañas, anguilas y gaviotas antes de convertirse en zona urbanizada.

Durante tres siglos y medio, entre la Edad Media y el siglo XVIII, la economía del pueblo giró alrededor de la caña de azúcar: Bellreguard llegó a tener su propio trapig, el “de Ramis”, documentado en un pago de diezmos de 1698. La expulsión de los moriscos de 1609 lo dejó casi desierto, con 133 casas vacías y solo cuatro habitadas, y le costó cerca de cien años recuperar la población.