Eventos en: Miramar
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No obstant, et convidem a visitar i estimar Miramar i a navegar per les mil i una meravelles de Diània.
Miramar, la playa de bandera azul de la Safor
Miramar es un municipio costero de la Safor que ha pasado de vivir de la caña de azúcar a vivir del turismo de playa. Con 1,2 km de arena fina y dorada, bandera azul desde 2014 y un sendero que recorre la acequia madre, es hoy uno de los destinos de costa más familiares de la comarca.
Cuando Joan Pellicer quiso explicar cómo son los pueblos de la Safor, los repartió por paisajes: los hay de río, los hay de montaña, los hay de llano de huerta. Y luego están los que, decía él, «dominen de ple la mar i la marjal amb tota la seua llum i ferocitat»: Xeraco, Daimús, l’Alqueria, Miramar y Piles. La frase vale como definición del pueblo.
Un nombre que mira al mar
A diferencia de pueblos vecinos como Almoines, Alfauir o Beniarjó, de topónimo árabe, Miramar lleva un nombre románico y transparente: «mira el mar», el rasgo geográfico que mejor lo define. El topónimo delata que el núcleo, de origen andalusí como alquería dependiente del castillo de Bairén, debió de rebautizarse tras la conquista cristiana, cuando se preferían nombres que describieran lo más evidente del paisaje.
De la alquería de Bairén al ducado de Gandia
Miramar fue una aldea musulmana perteneciente a la jurisdicción del castillo de Bairén. Tras la conquista cristiana pasó a manos de Sancho Ximénez, y en 1535 se incorporó al ducado de Gandia, año en que obtuvo también la independencia eclesiástica. En el siglo XVII, la familia Borja adquirió su señorío, vinculando Miramar a la saga que durante siglos marcó la Safor. La expulsión de los moriscos de 1609 dejó el término prácticamente despoblado, y hubo que repoblarlo con familias cristianas mediante una carta puebla, como ocurrió en toda la comarca.
Del trapig al turismo de sol y playa
Tradicionalmente, la economía de Miramar se basaba en el cultivo de la caña de azúcar y en su trabajo en el trapig (el ingenio azucarero); después vendrían la seda y, hasta mediados del siglo XX, la naranja. El etnobotánico Joan Pellicer recogió en el propio pueblo las variedades de cebolla que se cultivaban, una de ellas ya desaparecida:
Ceba de garba. La que ve a la primavera. És llarga, no redona. S’ha perdut. Ceba bavosa. Ve al maig i l’estiu. Ceba de gra (o dora). Ve de setembre en avant, per a guardar per a l’hivern.
A partir de los años 1960, el auge del turismo transformó el municipio: la franja costera se desarrolló y el sector servicios pasó a ser el pilar económico principal, dejando atrás el paisaje azucarero que durante siglos había definido la comarca.
Aquí la luna mandaba
El calendario del labrador de Miramar no iba por el reloj sino por la luna, y Pellicer lo anotó con una precisión que impone respeto. Para la cebolla: «si es planta en lluna nova ix més trompa, més flor; i en lluna vella no ix trompa i la ceba es fa millor». Y para cortar las cañas —materia prima de cañizos, secaderos y barracas—, la regla era aún más fina:
Les canyes es tallen en lluna vella de giner, a partir del primer ple de l’any, del primer minvant de la lluna que naix o creix dins de giner, encara que aquest minvant ocórrega dins de febrer.
La memoria de la marjal
Antes que la playa, aquí estaba la marjal (el marjal). Un vecino de Miramar le contaba a Pellicer cómo iban «en carro, a segar-la» —la segamans, la hierba que corta el doble que la cisca— a la marjal de Gandia, y cómo se la llevaban en aixabigons, aquellas grandes redes de carga que en Margarida han acabado dando nombre a una fiesta de Carnaval. De la época de los arrozales queda una queja que todavía suena: «no n’he birbat io poc d’este cerreig per dins de l’arròs!» (¡no he escardado yo poco este cerreig por dentro del arroz!), decía el mismo informante del cerreig, la mala hierba que de joven no hay quien la distinga del arroz. Cuando grana, sin embargo, los pájaros se mueren de gusto, y los cazadores de red de Miramar y de Piles la usaban de cebo. Todavía hoy, por estas marjales bajan furgonetas de fuera a segar cola de caballo para herboristería.
Una playa de bandera azul
La playa de Miramar tiene la distinción Qualitur, que premia a los municipios con un sistema de gestión basado en la calidad de los servicios y la gestión medioambiental, y desde el verano de 2014 forma parte de la Red de Senderos Azules de la Fundación Europea de Educación Ambiental, gracias al Sendero de la Séquia Mare, una ruta circular de unos 3.000 metros que sale de la Oficina de Turismo de la playa. El municipio cuenta también con un punto de baño asistido para personas con movilidad reducida y servicio de alquiler de bicicletas. Un carril bici junto al mar enlaza el paseo marítimo de Miramar con el de Bellreguard, y el litoral continúa, hacia el norte, por las playas de Guardamar de la Safor y Piles, los dos municipios con los que Miramar limita.
Fiestas: Sant Andreu, dos veces al año
El patrón de Miramar es Sant Andreu, y el pueblo lo celebra dos veces. En verano, la primera semana completa de agosto, se celebran las Fiestas Patronales y de Moros y Cristianos, con una semana de actos que culmina con el desfile de Moros y Cristianos y un castillo piromusical. Y en noviembre, en torno al 30 de noviembre —el día de Sant Andreu de verdad—, llega la Fira de Sant Andreu: tres días de feria gastronómica con actividades culturales, lúdicas y deportivas, una de las citas de otoño más consolidadas de la Safor.
Lengua y gastronomía
Miramar es un municipio activo en la defensa de la lengua: ha acogido encuentros comarcales como la XXX Trobada d’Escoles en Valencià de la Safor. A la mesa, la cocina mediterránea tiene el protagonismo, con los arroces -como el arroz a banda-, el espencat de pimiento y berenjena con bacalao, el pescado fresco y las hortalizas como base, junto con la fideuà, plato nacido en la vecina Gandia que ya forma parte del patrimonio gastronómico de toda la comarca.
Más información turística, en la web del Ayuntamiento de Miramar.
